ENCICLOPEDIA de BIODERECHO y BIOÉTICA

Carlos María Romeo Casabona (Director)

Cátedra de Derecho y Genoma Humano

darwinismo (Técnico)

Autor: CAMILO JOSÉCELA CONDE

De manera obvia, el grueso de las aportaciones que realizó Charles Darwin se conoce como darwinismo en la primera y principal acepción que admitiría esa voz. Por extensión, se habla también de darwinismo social en referencia a la obra de Herbert Spencer, cuyas ideas son en realidad anteriores a la aparición del Origen de las especies de Darwin (por ejemplo, Spencer, 1857) pero tomaron un nuevo empuje gracias a la posibilidad de aplicar la lucha por la vida al terreno de la sociedad humana. No obstante, se trata de una corriente en la práctica desaparecida en el mundo académico —otra cosa es el pensamiento popular— que dejaremos de lado para centrarnos en la influencia en el pensamiento sociológico y antropológico del auténtico darwinismo, el de Charles Darwin.
El ilustre científico proponente de la teoría de la evolución por selección natural nos legó una multitud de estudios dentro del ámbito de la biología, algunos de ellos relacionados con la selección natural y otros un tanto ajenos a la misma, es decir, propios de lo que fue una vida fértil como naturalista. A los efectos de una enciclopedia como ésta, son sólo los textos relacionados con la selección natural los que pueden resultar de mayor interés para el lector y, dentro de ellos, no tanto el Origin of Species de 1859 como el Descent of Man de 1871, toda vez que es en esta segunda obra donde se desgrana la teoría darwiniana acerca del comportamiento moral humano.
Es harto sabido que Darwin no recibió una formación ni como biólogo, ni mucho menos todavía como evolucionista. Por más que su obra universalmente conocida suponga un compendio gigantesco de descripciones anatómicas y funcionales minuciosas, de agudas observaciones acerca de la conducta animal y de intentos de entender de qué forma podrían fijarse y transmitirse los caracteres cambiantes siempre de los seres vivos, al entrar en aspectos filosóficos Darwin vuelve a sus raíces. Aquellas en las que, durante sus años de estudios universitarios, el padre de la selección natural recibió el influjo de autores de la escuela del «moral sense».
Se conoce bajo el nombre de moral sense la tradición de pensamiento que, desde la filosofía ilustrada escocesa, había acuñado ya en la época del Darwin estudiante una interpretación de la naturaleza humana en términos de contraposición entre fuerzas egoístas y socializantes. De la mano de Shaftesbury, Hume y Adam Smith, el moral sense terminó por ser entendido como una fuerza innata que encaminaba a una persona a obrar en favor de otros: un vector compensado con el instinto egoísta, como en una operación de suma algebraica de fuerzas gravitatorias, para dar ese mundo de precarios equilibrios que es el de la naturaleza humana.
Bajo un prisma de ese tipo, Darwin desarrolló su propio concepto de la naturaleza moral humana, del moral sense, como la causa de la tendencia —fijada por selección natural— de los seres humanos a adoptar actitudes altruistas hacia sus semejantes. Siendo un pensador por completo entregado a la idea de que es la naturaleza innata humana la responsable de tales actos, su esquema resulta como era de esperar por completo naturalista. Así deberíamos evaluarlo desde la óptica de la ética y del Derecho. Pero perteneciendo a la generación victoriana, Darwin cae a menudo en la tentación de situar esa misma naturaleza como moldeable gracias a las fuerzas de la civilización: el fruto de una evolución que costaría calificar como dirigida por la selección natural, tal como entendemos ese concepto hoy en día. Darwin, así, contrasta las actitudes que cabría calificar de inmorales, o poco morales, de los salvajes —al estilo de los fueguinos que pudo estudiar en persona durante su estancia en la Patagonia— con las de los europeos civilizados.
Sería un pecado de falta de perspectiva histórica el de descalificar la idea del progreso moral de Darwin como inaceptablemente etnocentrista de acuerdo con los criterios actuales. Pero hay otro aspecto delicado, central para la idea misma de la evolución por selección natural, que reclama la atención. ¿Cómo puede algo formar parte de la naturaleza humana y estar a la vez sujeto a cambios promovidos por la pertenencia a un entorno salvaje o civilizado?
Para poder entender de qué manera se puede mezclar en la misma propuesta un talante naturalista y otro cultural de ese estilo cabría tener en mente que, falto de una teoría adecuada de la herencia, Darwin planteó como válida la idea lamarckiana de la herencia de los caracteres adquiridos. Sería ese desarrollo de un nivel cultural superior el que llevaría a la naturaleza moral también más desarrollada de los europeos civilizados.
De tal modo incorpora Darwin el concepto de moral sense como fundamento mismo de sus ideas acerca del comportamiento ético humano. Y, por cierto, no sólo humano. Darwin sostiene en el Descent of Man que el sentimiento moral es una de las características que mejor distinguen a los humanos de otros animales. Pero cualquier otro primate podría, para el autor del Descent, alcanzar ese grado del moral sense siempre que desarrollara lo bastante sus facultades cognitivas.
Los problemas con los que se encontró Darwin para encajar su idea del comportamiento altruista en el esquema de la selección natural fueron muy serios. Darwin puso de manifiesto en su Origin of Species que la selección natural es la responsable de haber fijado la tendencia a comportarse de manera altruista en algunas especies. Pero no pudo hacer otra cosa que constatar hasta qué punto los insectos sociales se comportan de esa manera. Explicar cómo y por qué apareció semejante conducta cooperativa, y hacerlo en el contexto evolucionista darwiniano, es mucho más complicado. De hecho, la existencia misma del altruismo extremo parece contradecir la idea rigurosa de la selección natural como maximización de los intereses de cada individuo. Si alguien invierte sus recursos en ayudar a otros individuos, ¿no está actuando en contra de su propia capacidad para sobrevivir? Y si esos altruistas son insectos como las hormigas o las abejas que, en las castas obreras, son estériles, ¿cómo se fija evolutivamente el rasgo? Si no se reproducen, ¿cómo pasan sus tendencias altruistas a la generación siguiente?
Sería excesivo acusar a Darwin de inconsistencia por no poder contestar a esas preguntas. Cuando el paradigma darwiniano original se fusionó a una teoría útil de la herencia, dando lugar al neodarwinismo en los años 30 del siglo pasado, el fundamento evolutivo del altruismo siguió siendo un misterio. Fue necesario esperar a que la Sociobiología proporcionase modelos convincentes — como la selección de parentesco o Kin Selection— acerca de los porqués de la conducta ultrasocial de abejas, hormigas, termitas y avispas, y, de paso, de su complicado sistema de reproducción haplodiploide. Pero, de hecho, ante las dificultades que surgen a la hora de aplicar ese modelo explicativo a los seres humanos hay que reconocer que carecemos todavía de un modelo explicativo fuerte acerca de la naturaleza moral humana.
Es mérito de Darwin haber puesto de manifiesto ese fundamento naturalista de la conducta altruista humana en una línea que, hoy por hoy, constituye uno de los frentes de investigación más interesantes dentro del cruce entre Biología, Filosofía y Derecho. A partir de sus modelos y sus sugerencias, queda pendiente la tarea de identificar cuáles son los mecanismos —neuronales, en particular— que se relacionan con el comportamiento moral humano, y cómo evolucionaron. Lo primero está comenzando a aclararse gracias a experimentos como el de Greene y colaboradores (2001). Para llegar a entender la filogénesis del moral sense será necesario mucho más trabajo. De momento, los estudios disponibles indican que los humanos somos castigadores altruistas, seres dispuestos a invertir los recursos propios en castigar a quienes se saltan las normas, pese a que esa transgresión no nos afecte en persona. Los monos capuchinos también lo hacen (Brosnan & De Wal). Pero los chimpancés, de forma sorprendente, no (Jensen et al, 2007): son preferidores racionales, dispuestos a aceptar cualquier beneficio propio por más que, haciéndolo, se vea afectado lo que podríamos llamar el sentido de la justicia. Prefieren sacar algo de provecho, aunque sus enemigos obtengan aún más.

Véase: Especie humana, Filosofía de la ciencia, Sociobiología.

Bibliografía: BROSNAN, S. / DE WAAL, F., «Monkeys reject unequeal pay», Nature, num 425, 297-299; DARWIN, C, On the Origin of Species by Means of Natural Selection, London, John Murray, 1859; DARWIN, C. (1871), The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex, London, John Murray,1871; GREENE, J. D. / SOMMERVILLE, R. B / NYSTROM, L. E. / DARLEY, J. M. / COHEN, J. D., «An fMRI Investigation of Emotional Engagement in Moral Judgment». Science, num 293, 2105-2108, 2001; JENSEN, K. / CALL, J. / TOMASELLO, M., «Chimpanzees Are Rational Maximizers in an Ultimatum Game», Science, num 318, 107-109, 2001; SPENCER, H., «Progress: Its Law and Causes», The Westminster Review, num 67, 445-465, 1857.


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