ENCICLOPEDIA de BIODERECHO y BIOÉTICA

Carlos María Romeo Casabona (Director)

Cátedra de Derecho y Genoma Humano

bioética (Ético )

Autor: JOSE ALBERTOMAINETTI

I. Introducción.—La Encyclopedia of Bioethics, obra de referencia fundacional de la disciplina (1978), en su segunda edición revisada de 1995 define la Bioética como «el estudio sistemático de las dimensiones morales —incluyendo visión moral, decisiones, conducta y políticas— de las ciencias de la vida y la atención de la salud, empleando una variedad de metodologías éticas en un contexto interdisciplinario». Esta definición se mantiene en la tercera edición (2004) y pasa por ser canónica u oficial, aún cuando en verdad la Bioética está siempre en cuestión y sujeta a variaciones transculturales contrastantes. Vamos a discernir tres cuestiones previas a contemplar desde el mirador latinoamericano el panorama de la disciplina: la cuestión nominal, la cuestión conceptual y la cuestión del devenir histórico, su blanco móvil en los pasados cuarenta años.

II. Bioética en cuestión.—«Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas. Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente», decía Juan Ramón Jiménez. Según sus versos, la pesquisa etimológica nos revelaría «la cosa misma ». La palabra Bioética es atractivo enlace de la lengua griega entre los términos bíos y ethiké. Bíos significa vida humana, y no vida orgánica, que se dice zoé (por tal razón Lamarck bautizó mal a la Biología). Ethos, del que deriva ethiké, tiene tres acepciones: carácter, costumbre y lugar (hogar). Los vocablos latinos vita y mos son respectivos calcos morfológicos y semánticos de bíos —como en las Vidas paralelas de Plutarco— y de ethos (ánimo, hábito y morada). Queda así sellada la fascinación del nombre, el poder hermenéutico de la palabra Bioética, su «fértil y estratégica ambigüedad » En definitiva, como dice el huevo Humpty Dumpty en Alicia en país de las maravillas, se puede usar el lenguaje para lo que uno desea decir y punto. Con la magia de la palabra, la Bioética puso como nunca antes tanta ética en la vida como vida en la ética. Si la fórmula explosiva de la Bioética inicial norteamericana fue el bíos tecnológico y el ethos liberal, la forma desarrollada y en particular latinoamericana de la Bioética global, conjuga antes bien la vida de la especie y la moral de la responsabilidad.
Como es sabido, la Bioética tuvo un nacimiento bilocal, en Wisconsin University con el libro de Potter Bioethics. Bridge to the Future (1971), y en Georgetown University con el Kennedy Institute of Ethics (1972). Ambas cunas determinaron las respectivas concepciones y destinos de la disciplina. Dicho en los términos de una autorizada opinión: «At the Kennedy Institute ethics was pursued primarily as a branch of philosophy and an extension of the ancient field of medical and professional ethics. Its major orientation was to medical practice. At Wisconsin, bioethics was conceived as a more broadly scientific and interdisciplinary pursuit. It had broader biological roots extending from ecology and populations to molecular biology. Following this model, bioethics has become a quasi-utopian promise of a new biologically based ethics» (Edmund. D. Pellegrino, «Bioethics at Century’s Turn. Can Normative Ethics Be Retrieved?» Journal of Medicine and Philosophy, 2000, 25, 6:655-675). Recientemente el bioeticista Alemán Hans-Martin Sass ha revelado que el término y el concepto de Bioética como disciplina académica y como rasgo de virtud y carácter humanos, fue primero desarrollado por Fritz Jahr, un teólogo protestante de Halle and der Saale, en un Editorial de la muy conocida revista científica Kosmos. Jahr presenta, haciendo referencia a Kant, un Imperativo Bioético: «Respetar todo ser viviente por principio como un fin en sí mismo y tratarlo, en lo posible, como tal.»
El concepto bio-ético supera ya la extensión y la comprensión de su definición enciclopédica. En la era de la ciencia y de la técnica, todas las ciencias y todas las técnicas (y no sólo las biomédicas) impactan en la vida en general y en la sociedad humana en particular. Entre la revolución cultural y la reforma social se mueve entonces la Bioética, disciplina académica de rostro jánico, que mira por un lado la cultura y por otro a la sociedad, tendiendo un «puente» —metáfora pontifical, que no pontificia, tan originaria suya— entre la tecnociencia y la moral civil. Bioética resulta pues disciplina puente desde el fenómeno cultural o proceso de civilización hacia el movimiento social, cuando este último puede caracterizarse de polaridad conservadora- progresista, o según una distinción de Ortega, como revolución si cambia los usos y como rebelión si sólo corrige abusos.
El suceso histórico de la Bioética se revela como «crisis» de bíos y ethos, vida y moral, en el respectivo escenario de la cultura tecnocientífica y la sociedad civil. Dos series de acontecimientos pueden trazarse en paralelo y correlacionarse a lo largo de tres décadas —las del 70, 80 y 90— que son como otras tantas etapas en la evolución de la disciplina. Por un lado, el de la cultura tecnocientífica, registramos como fenómenos radicales la revolución biológica, la medicalización de la vida y la catástrofe ambiental. Por el otro lado, el de la sociedad civil, surgen sobre el dominio de la vida los derechos humanos fundamentales de primera, segunda y tercera generación. Durante la década del 70, la revolución biológica y la utopía de la salud originan la nueva gestión del cuerpo bajo el habeas corpus del principio de autonomía. La década del 80, con el auge de la medicalización de la vida —la vida médicamente concebida e intervenida— se promueve el derecho a la atención sanitaria conforme al principio de justicia. Los 90 testimonian con la crisis planetaria del medio ambiente la emergencia de la tercera generación de derechos, ecológicos, genéticos, específicos y de las futuras generaciones, según el principio de precaución y responsabilidad.
A partir de 2000 acaso se inicia una cuarta etapa en el devenir histórico de la Bioética, signada por el «giro antropológico» de la disciplina, cuando no alcanza la fundamentación normativa del modelo principialista para la nueva ética de la vida y vida de la ética en los albores del tercer milenio. Quo vadis homo, a dónde vamos, qué es el hombre constituye el interrogante de fondo en nuestro tiempo, que parece cumplir la profecía de las Previsiones: «Cada vez sabremos menos sobre lo que es ser hombre». Al cuadro de la crisis bio-ética, con sus fenómenos culturales y derechos humanos correlativos a lo largo de tres décadas, es preciso añadir una cuarta década, la primera de 2000, que registra como fenómeno cultural el llamado trans o poshumanismo, y como movimiento social unos derechos humanos de cuarta generación, apelados genéticos o «naturales».
Dos libros recientes, cuyos autores son de opuesta extracción ideológica testimonian estos nuevos vientos de la Bioética, el poshumanismo y la nueva generación de derechos. Uno es el de Jürgen Habermas, El futuro de la naturaleza humana (Die Zukunft der Menschlichen Natur) y otro es el de Francis Fukuyama, El fin del hombre (Posthuman Society). Ambos coinciden, aunque por diferentes razones, en la necesidad de «moralizar » el concepto de «naturaleza humana» (¿un oxímoron?), el primero apelando a una «ética de la especie» (Gattungsethik) y el segundo a una ontológica dignidad humana. Frente al poshumanismo, que sostiene la factibilidad y moralidad de modificar radicalmente la condición humana mediante tecnologías convergentes (el Tetrahedron Nano-Bio-Cogno-Info), surge el antiposhumanismo que postula un derecho a la naturaleza humana, por ejemplo, tener un patrimonio genético no modificado.
De modo que a la tabla de derechos humanos de gestión Bioética —individuales o de primera generación; sociales o de segunda generación; globales o de tercera generación habrá que añadir los derechos naturales o de cuarta generación. Se cuenta que un profesor de Derecho romano inició sus clases con la siguiente sentencia: «El derecho romano en Roma, señores, comenzó por no existir». También la Bioética comenzó por no existir, pues como todo proceso histórico se origina en una crisis, palabra griega que significa «juicio» o «separación», etimología que conserva el sustantivo alemán Urteil, el juicio, o sea la partición originaria del sujeto y el predicado en la proposición. La «crisis bio-ética», de la vida y de la Ética, se despliega a lo largo de cuatro décadas con sus respetivas generaciones de derechos humanos en el dominio de la vida: los derechos civiles y políticos, los derechos económicos, sociales y culturales, los derechos globales de la humanidad —hasta aquí el paralelismo con la tríada clásica de libertad, igualdad y fraternidad— y los derechos específicos o de la naturaleza humana, cuarta generación en la matriz de los derechos humanos, bajo la nueva consigna que es la dignidad del hombre.
Este último giro antropológico de la Bioética hacia la naturaleza y la dignidad humanas se aprecia en el ordenamiento jurídico internacional en la materia, como la Declaración de la UNESCO sobre el Genoma Humano y el Convenio Europeo sobre Derechos Humanos y Biomedicina. En estos instrumentos legales y otros más recientes, como la Declaración de las Naciones Unidas sobre la clonación humana (2005), existe llamativa y hasta sospechosa unanimidad en la prohibición de dos biotecnolo gías humanas tabú, la clonación reproductiva y la ingeniería genética germinal, apelando a que el derecho internacional de la Bioética debe proteger al ser humano en su humanidad.

III. Bioética en América latina.—La Bioética nació en los Estados Unidos y con el tiempo adoptada (y adaptada) por otros países. Entre los países que incorporaron la Bioética estuvieron los de América latina, nombre dado a una comunidad cultural y lingüística comprendiendo América del Sur, América Central, México y parte del Caribe.
Tres millones de personas desde México a Cabo de Hornos hablan español (castellano). Pero los pueblos hispano parlantes comparten más que el idioma. El Derecho romano y la tradición católica son legados españoles tan poderosos como su lengua. Estas naciones tienen historias paralelas también. Los levantamientos al unísono contra el colonialismo español a principios del siglo XIX, propulsados por las nuevas ideas centradas en los principios de emancipación, soberanía popular, derechos individuales e instituciones republicanas, concibieron jóvenes democracias en todo el continente. Estos países comparten un pasado democrático entrecortado y desorganizado hasta casi finales del siglo XIX, cuando consolidan sus instituciones democráticas en todo el continente, con algunas interrupciones a mediados del siglo XX —exceptuando México, Colombia y Costa Rica— predominantemente aunque no exclusivamente, por experiencias dictatoriales de derecha, seguidas por democracias débiles. La común historia reciente de América latina es el regreso a las democracias estables en las últimas décadas del siglo XX, en un esfuerzo por emular el modelo español, donde a pesar de la longevidad de algunos comandantes duros de matar, y el surgimiento de ocasionales nuevos caudillos, la mayoría de las naciones latinoamericanas aspiran a imitar la transición española de la dictadura a la democracia hace treinta años.
Por cuanto la Bioética es una disciplina cuyo discurso floreció en la tradición cultural de América del Norte, es lógico comparar la ética biomédica norteamericana y la latinoamericana. La Bioética latinoamericana ha evolucionado a lo largo de treinta años en tres etapas de una década cada una comenzando en 1970: recepción, asimilación y recreación. Como pionero del proceso por el cual la Bioética se institucionalizó en Argentina, no puedo evitar alguna referencia personal a mi propia experiencia como testigo y testimonio (Mainetti, 1995). Tal narrativa autobiográfica acerca de la emergencia de la Bioética en América latina puede justificarse por el comentario de un reconocido bioeticista americano que afirmó: «Identificar el origen de la Bioética en los Estados Unidos es materia de cierta considerable controversia. Pero la historia Bioética de América latina es en alto grado la historia de un hombre» (Drane, 1996, 6:557-569).
3.1. Recepción crítica de la Bioética en los 70: el discurso médico humanista.—Los setenta fueron la etapa de recepción de la Bioética en América latina. «Recepción» no debe entenderse como una introducción formal de la disciplina, dado que en la década del setenta el término Bioética no era corriente, incluso en los Estados Unidos. En cambio «recepción» se refiere a cómo la situación histórica y cultural en la región posibilitó o limitó la incorporación de la Bioética. Los años setenta se caracterizaron por una reacción, bien de resistencia o rechazo a este nuevo movimiento por quienes adherían al ethos cívico y profesional tradicional. Como moralidad secular y liberal, la Bioética promovía la autonomía del paciente, introduciendo la idea de éste como sujeto moral en Medicina y enfatizando su rol como agente racional y libre, cuyas decisiones son centrales para la relación terapéutica. Estas ideas eran ajenas a la vieja ética médica todavía reinante en América latina. En ese entonces, la ética médica latinoamericana permanecía paternalista y confesional, siguiendo la jerarquía y la doctrina moral del catolicismo romano. Los médicos practicaban conforme al rol de «dominación» según Max Weber, en el cual la potestad del profesional es suprema y el rol del paciente consiste en el sometimiento a la autoridad de aquél (Macklin & Luna 1996, 2:140-153).
El Instituto de Humanidades Médicas de la Fundación Mainetti (1972) cultivó los estudios bioéticos en América latina bajo la influencia de la Escuela Española de Historia de la Medicina, liderada por Pedro Laín Entralgo, el patriarca del humanismo médico iberoamericano. La disciplina histórico-médica de Laín Entralgo procuró un camino hacia la teoría de la Medicina basada en la antropología médico-filosófica, la cual se inspira por la filosofía existencial y hermenéutica europea. Esta matriz intelectual creó condiciones favorables para la recepción del movimiento norteamericano de las humanidades médicas en la Bioética latinoamericana. El movimiento de las humanidades médicas, en la búsqueda del humanismo médico, estaba en sintonía con la antropología médica de Laín Entralgo, a cuya escuela de pensamiento me uní junto con muchos otros académicos en América latina (Escobar 1996, 6:651-657). La recepción de la Bioética como parte de la perspectiva teorética de las humanidades médicas, significaba por tanto para nosotros una actitud crítica en el sentido de desafiar presupuestos no aclarados y juicios de valor tanto en Medicina como en Bioética. Durante los años setenta la «Medicina posmoderna» emergió como crítica al razonamiento médico positivista. Estas críticas eran de largo alcance y afectaron el objeto, el método y el fin de la Medicina misma. Vale decir que la Medicina no era ya más una «ciencia normal» en el sentido kuhniano sino que estaba en el seno de una revolución moral. Emergió entonces una literatura crítica sobre la Medicina, que incluye la famosa Némesis Médica de Ivan Illich (Illich 1976), las iconoclásticas Reith Lectures de Ian Kennedy, The Unmasking of Medicine (Kennedy 1981) y el análisis de crítica social del poder médico capitalista por escritores norteamericanos como Vicente Navarro (Navarro 1975, 5:65-94).
La «Medicina posmoderna» es relativista por su creciente naturaleza comprensiva, interpretativa y evaluativa, en suma, su condición reflexiva. La filosofía de la Medicina comprende la antropología, la epistemología y la axiología médicas. Esta última disciplina incluiría la Bioética en ambos aspectos, clínico y de salud pública. De esta manera, en América latina abordamos la Bioética como el nuevo paradigma médico-humanista y esencialmente como una ética «implicada en» antes bien que «aplicada a» la Medicina, esto es una ética derivada de la intrínseca axiología de la profesión médica. La influencia del discurso antropológico en la recepción de la Bioética en América latina, el cambio del paradigma médico positivista, fue obra en buena medida del maestro español Pedro Laín Entralgo y sus discípulos a uno y otro lado del Atlántico.
3.2. Asimilación radical de la Bioética en los 80: el discurso jurídico (derechos humanos).— Asimilación caracteriza la segunda etapa en el desarrollo de la Bioética en América latina. La disciplina académica y el discurso público se institucionalizan en toda la Región y en este respecto sigue el modelo norteamericano. Con la restauración de la democracia y la introducción en Latinoamérica de las nuevas tecnologías médicas, tales como el cuidado crítico, trasplantes y reproducción asistida, se expandió en los ochenta el interés público y académico en la Bioética. La asimilación fue el reflejo de la Bioética norteamericana en dos aspectos. Primero, la creciente litigación por mala praxis en casos médicos y el movimiento por los derechos del paciente imitaban los factores que llevaron al nacimiento de la Bioética en los EE.UU. Segundo, con la restauración de la democracia aparece un renovado interés en la Filosofía moral y política al igual que el pluralismo ideológico y la formación de consenso, que fueron entonces aplicados a la Medicina y se convirtieron en componentes clave para la nueva Bioética, como en los EE.UU. (Lolas, 2000).
En las décadas finales del siglo XX la ética médica en América latina, consumando la influencia de los EE.UU. en la región durante esa centuria, toma el giro de la deontología a la Bioética, que reformula los fundamentos morales de las ciencias de la vida y la atención de la salud. En la búsqueda de una identidad Bioética latinoamericana respecto de la angloamericana, se revela una tradición moral hipocrática heredada de España en América, cuyos rasgos sobresalientes se alinean mejor con el paternalismo virreinal que con el autonomismo anglo-americano, a saber:
De una parte, la Moral fundamentalista o heterónoma, pues la modernidad no tuvo en América Latina la misma expresión secular, liberal y pluralista que tuvo en América del Norte. En América latina la moralidad no se desprendió de la metafísica y la religión; no encontró aquí las nuevas bases del racionalismo científico y político, ni conquistó la autonomía respecto del orden natural y sobrenatural del medioevo. Junto a ella, la Ética de la virtud, según la tradición clásica originada en Grecia y representada por pueblos mediterráneos, que a partir del siglo XVIII contrasta con la ética de los principios dominante en los países anglosajones. El ethos del paternalismo beneficentista, tanto en el orden clínico-individual como político-social, se conjugan en la figura del médico sobre la que con frecuencia da testimonio la novela latinoamericana.
Sobre este fondo histórico-cultural se advierte mejor la radical asimilación en América latina del paradigma bioético norteamericano, su inédita perspectiva basada en la «introducción del sujeto moral en Medicina», el paciente como agente racional y libre para la nueva relación médico-enfermo. Las innovadoras doctrinas norteamericanas de esos años, focalizadas en el consentimiento informado y los principios del Belmont Report (más tarde convertidos en la «mantra de Georgetown»), dinamizaron a los estudiosos españoles y latinoamericanos. Para la Bioética de habla hispana los americanos habían alcanzado el nexo faltante entre la cumbre teorética de la antropología médica lainiana con la nueva praxis clínica y sanitaria como reforma de las relaciones médico-paciente y Medicina-sociedad. La «introducción del sujeto» no podía hacerse realidad en el pensamiento médico sin la «rebelión del sujeto» contra el rol pasivo que le asignaba el clásico orden positivista.
Los últimos años de la década del ochenta fueron testigos del florecimiento de los centros e institutos de Bioética y profesionales de la disciplina en la región. A la recepción crítica le siguió un período radical en la asimilación de la Bioética en América latina. La naturaleza radical de la Bioética latinoamericana va más allá de una filosofía de la Medicina para convertirla en una filosofía de la cultura y la tecnología, pasando de la metamedicina a la metaética en busca de un cuestionamiento fundamental de la tecnociencia. La novedad y la seriedad de los problemas de la vida actual configuran una crisis Bioética de la era tecnológica. En esta crisis vital y normativa aparecen entrelazados los fenómenos culturales y los derechos humanos sobre la vida anteriormente descritos. Esta corriente jurídica basada en la doctrina de los derechos humanos, también fuertemente influenciada por intelectuales españoles, tiene un rol protagónico en la configuración de la Bioética en América latina. Un ejemplo egregio al respecto es el del destacado especialista español en dicha doctrina, Gregorio Peces-Barba, y su discípulo argentino Pablo Rodríguez del Pozo, médico y abogado, notable representante de la generación intermedia de bioeticistas en América latina.
3.3. Recreación global de la Bioética en los años 90: el discurso político.—En los noventa la Bioética latinoamericana se recreó incorporando las tradiciones morales e intelectuales de la propia región. En la mayoría de los países regionales el movimiento bioético se desarrolló en tres áreas, académica (investigación científica y educación superior), atención de la salud (consultas clínicas y de salud pública, como en los comités hospitalarios de ética), y política sanitaria (consejos y recomendaciones a las autoridades sobre cuestiones normativas y regulativas). Concurrentemente con las redes Bioéticas de cada nación, se desarrollaron asociaciones regionales que impulsaron el movimiento bioético latinoamericano. De esta identidad ética regional distintiva devino un estilo bioético en América latina.
La Escuela Latinoamericana de Bioética (ELABE) de la Fundación Mainetti, fundada en 1990, fue la primera iniciativa académica en nuestra área de influencia cultural. Se trató de un programa para crear recursos humanos a fin de liderar la disciplina en los países de origen de los participantes, al tiempo que proveía de un foro para el inter cambio cultural y científico en toda la región. El curso Internacional de Bioética de la ELABE durante los noventa fue dictado por profesores prominentes de los centros líderes en Bioética. La Fundación Mainetti puso en marcha la Federación Latinoamericana de Bioética (FELAIBE) en 1991. Y en 1994 realizó en Buenos Aires el II Congreso Mundial de Bioética de la Asociación Internacional de Bioética, que instaló a la región y a nuestro país en el epicentro disciplinario.
En 1990 James Drane de los EE.UU. fue comisionado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) a visitar varios países de América latina para más tarde hacer un informe que relevara el estado de la Bioética en América latina. Este influyente documento proponía sucesivos pasos para el ulterior desarrollo regional de la disciplina (Drane & Fuenzalida 1991, 4:325-338). En el mismo año, la OPS publicó un número especial de Bioética, editado por Susan Scholle Connor y Hernán Fuenzalida-Puelma, presentando formalmente la Bioética en Latinoamérica (Connor & Fuenzalida 1990). Este es el primer colectivo regional de autores precursores en el campo de la Bioética que trataron diversos tópicos y delinearon diferentes perspectivas en la disciplina. Finalmente, la OPS, pionera entre las organizaciones mundiales de salud, creó el Programa Regional de Bioética (1994) con sede en Santiago de Chile, pero cuyas actividades están descentralizadas para poder servir a todos los países miembros de la OPS. Este Programa, diseñado para brindar una política integradora en Bioética y sus disciplinas asociadas, se encuentra en una nueva etapa bajo la dirección del conspicuo académico Fernando Lolas Stepke (Programa Regional de Bioética 2000).
La etapa de recreación revela un tercer rasgo de la Bioética latinoamericana, su preocupación global. La Bioética es enciclopédica por definición, etimológicamente «ética de la vida» (y «vida de la ética»), pero no circunscripta semánticamente al bios tecnológico y el ethos liberal característicos del modelo norteamericano. En contraste el modelo latinoamericano enfatiza un bios humano y un ethos comunitario. En el plano sanitario la ética comunitaria se expresa en una institución como la OPS (Organización Panamericana de la Salud), creada en 1902, antecedente de la OMS, hoy Panmerican Sanitary Office, versión moderna del viejo Protomedicato colonial en el control de la salud. Esta es la razón por la cual la Bioética es hoy más un movimiento político o de reforma social que una disciplina académica restringida al dominio de las ciencias de la vida y la atención de la salud. En la Bioética latinoamericana los principios de solidaridad y justicia juegan el papel central mientras el de autonomía lo hace, en la norteamericana. En consecuencia, las políticas de salud latinoamericanas abrazan el acceso universal al cuidado de la salud y ponen el acento en la justicia distributiva y la equidad en la asignación de recursos sanitarios.
Las profundas desigualdades socio-económicas prevalentes en América latina, junto con el fracaso de nuestras recuperadas democracias —muy frecuentemente infectadas por el populismo, el clientelismo político y la corrupción— para solucionarlas, ha, recientemente, inclinado la Bioética hacia el discurso de la acción política e ideológica. Esta aproximación se está desarrollando entre los bioeticistas de habla hispana, marcadamente influenciada por los vecinos brasileños persiguiendo originalidad, se opone a la Bioética norteamericana clásica, acusada de imperialismo ideológico, y propone una Bioética «dura» o «intervencionista » adecuada a la realidad regional, víctima de un injusto orden global de facto que sólo beneficia a las naciones industrializadas a expensas de las periféricas, cuyos recursos son explotados por el comercio internacional. «Lamentablemente —observa Lolas Stepke— a veces la búsqueda de originalidad y autenticidad se reduce a pintorescos «anti-ismos»: anti-imperialismo, anti-europeísmo, anti-intelectualismo. Fuera del pintoresquismo criollizante, tal actitud no suele acompañarse de aportaciones que merezcan entrar al acervo de la intelectualidad mundial con entidad propia. Sin autocrítica tales afanes desembocan en verbalismo panfletario y demagógico».

IV. Conclusión.—Aunque con rica diversidad, los países de América latina comparten una herencia común de lengua, cultura, religión y filosofía. Son naciones cuyo pasado y presentes vicisitudes, a través de sus endémicos problemas socio-políticos, tienen un notable paralelismo y en este contexto también cuentan con un ideario bioético similar. En virtud de lazos culturales y relaciones personales, la Bioética española ha tenido una marcada influencia en América latina por tres corrientes diversas, equivalentes a las que Diego Gracia —el gran adelantado hispano de la Bioética en Iberoamérica— ha llamado la tradición médica, la tradición jurídica y la tradición política, raíces de los respectivos principios de la Bioética hoy (beneficencia/no-maleficencia, autonomía y justicia).
La primera corriente, con el modelo antropológico de Laín Entralgo, impulsó una renovada filosofía médica humanista que culminaría en el paradigma bioético de la Medicina. La segunda corriente, aplicó la doctrina de los derechos humanos a los pacientes, con el respeto a su autonomía y la protección de los mismos mediante el acceso a la salud. La tercera corriente, en su expresión político- ideológica dura o «antiBioética», acierta en todo caso con la descripción de la realidad, pero, en nuestra opinión no es correcta en su diagnóstico de las causas y de los remedios para superar los males comunitarios de la región. La politización de la Bioética hoy en América latina corre el riesgo de recaída en un panfletismo tercermundista que desdibuja el estatuto epistemológico disciplinario y renuncia a su deber ser de biopolítica para una ciudadanía Bioética en el mundo globalizado, de lo cual también es ejemplo a imitar nuestra madre patria.

Véase: Principio de autonomía (paciente), Bioética, Unesco.

Bibliografía: Bibliografía: DRANE, James y FUENZALIDA PUELMA, Hernán. «Medical Ethics in Latin America: a new interest and commitment», Kennedy Institute of Ethics Journal, 1, 4 1991, págs. 325-338; DRANE, James F., «Bioethical Perspectives from Ibero-America», The Journal of Medicine and Philosophy, 21, 6, 1996, págs. 557-569; ESCOBAR TRIANA, Javier. «Humanistic and Social Education for Physicians: The Experience of the Colombian School of Medicine», The Journal of Medicine and Philosophy, 21, 6, 1996, págs. 651- 657 ILLICH, Ivan, Limits to Medicine: Medical Nemesis. The Expropriation of Health. London, Marion Boyars Publishers, 1976; KENNEDY, Ian. Unmasking of Medicine, London, Allen and Unwin, 1981; LOLAS STEPKE Fernando, bioética y Antropología Médica. Santiago de Chile, Mediterráneo, 2000; MACKLIN, Ruth, y LUNA, Florencia., «Bioethics in Argentina: A Country Report», Bioethics, 10, 2, págs. 140-153; MAINETTI, José Alberto. «Medical Ethics. History of: The Americas: Latin America. En Reich, Warren T. (ed) Encyclopedia of Bioethics, New York,. Macmillan, 1995: 1639- 1644; NAVARRO, Vicente, «The Political Economy of Health Care».The International Journal of Health Services, 5, págs. 65-94; PROGRAMA REGIONAL DE BIOÉTICA OPS/OMS 2000 «Instituciones y Centros Especializados en bioética en América latina y el Caribe», Santiago de Chile; SCHOLLE CONNOR, Susan y FUENZALIDA PUELMA Hernán, Bioethics Issues and Perspectivas. Washington, OPS, 1990.


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