ENCICLOPEDIA de BIODERECHO y BIOÉTICA

Carlos María Romeo Casabona (Director)

Cátedra de Derecho y Genoma Humano

biodiversidad humana (Ético )

Autor: JULIANAGONZÁLEZ VALENZUELA

I. La biodiversidad biológica. 1.1. Unidad y diversidad de la Vida universal.—La posibilidad de secuenciar el genoma humano y compararlo con los genomas de animales tan cercanos al nuestro como el del chimpancé, o tan aparentemente lejanos como el de la mosca de la fruta, ha permitido comprobar, en el nivel profundo y originario de la Biología molecular, el hecho fundamental de la simultánea igualdad y diversidad de la vida en general y de la vida humana en particular. Pues la vida «una», evoluciona, cambia y se despliega en una asombrosa infinidad de formas diversas de existencia. La diversidad y la diversificación son clave de la evolución y de la sobrevivencia misma, son ley de la vida. Pero la vida diversificada se mantiene como un todo cohesionado, poseedor de una estructura y una sustancialidad comunes, una y la misma para todos.
Dicho de otro modo: la vida universal es en efecto, radicalmente una, y los humanos la compartimos con todo lo vivo, pero al mismo tiempo la vida es constitutivamente diversa, se pluraliza en ese prodigio inabarcable de variaciones que se hacen patentes en cualquier rincón de la naturaleza: sobre la tierra, en los mares y los cielos.
1.2. Unidad y diversidad de la especie humana.— Como es evidente, hay algo, también bioló gico, que nos diferencia, que «nos hace ser humanos », distinguiéndonos de nuestros «hermanos» primates más cercanos, en especial los bonobos. Ese «algo» apunta tanto en dirección de la teoría de la evolución como hacia el nuevo saber del genoma y del cerebro del homo sapiens. Es lugar común referirse al hecho de que compartimos con el chimpancé el 98 % del genoma. Apenas el 2 % es específicamente humano. Pero ¿en qué estriba la especificidad? ¿Qué es el hombre»? Antiquísima pregunta que en la actualidad no parece se pueda resolver en términos simples, pensando, como antes, en atributos que definan la «diferencia específica» (la razón, la política, la imago Deus, la risa, el «sentimiento trágico de la vida», la Mente, o bien: el genoma, el cerebro…) Hoy la respuesta remite más bien a una constelación de factores, a una especie de «as combinatoria» verdaderamente compleja y dinámica constituida sin duda por un genoma único, por un cerebro único, pero también por una conjugación única con el entorno geográfico, familiar, social, cultural, educativo, histórico: por una situación irrepetible, y por una actividad única ejercida a voluntad por cada persona en cada circunstancia. Y si se piensa en uno solo de los factores que forman parte de esta constelación que es el cerebro humano, éste no es tampoco un órgano o una facultad simple sino extraordinariamente complejo. Sólo por su complejidad se explica que el cerebro humano sea capaz de lenguaje articulado, de conciencia abierta en todas direcciones, como conciencia racional, emocional, moral; como conciencia y vivencia del tiempo y el espacio, del nacimiento y la muerte, de la presencia y la ausencia, de lo visible y lo invisible; capaz asimismo de transformar la naturaleza externa y la propia.
Hay datos científicos que indican que la diferencia de la especie homo sapiens depende de la existencia de algunos genes exclusivos del hombre, pero también de que ella depende de una distinta combinación del mismo «juego» de genes — aproximadamente 30,000— que se comparten con el chimpancé. Lo esencial es que existe efectivamente una real diferencia específica o «especiación » que hace que el genoma humano sea constitutivamente distinto del resto de los animales no humanos, sin perder la comunidad de ser con la vida universal.
Y análogamente a lo que ocurre con la unidaddiversidad de la Vida universal, la especie es una y a la vez interiormente diversa —también al infinito, tratándose del hombre. Dentro de su propia especificidad, el genoma humano es también uno y el mismo para todos los hombres, «patrimonio universal de la humanidad». Y esto implica reconocer que la igualdad entre los hombres no es una idea abstracta, o un valor al que se aspira, sino un hecho, que ahora se comprueba científicamente, por la vía de la Biología molecular, con una evidencia concreta y categórica. Pero al mismo tiempo que es común y universal, el genoma humano se diversifica ilimitadamente, dando lugar a la individualización y diferenciación de los seres humanos, también comprobada ahora a nivel genético, genómico.
Nuestro genoma nos une e iguala como humanos, y al mismo tiempo, nos distingue, nos diversifica y nos identifica como individuos. También de la vida genómica, proteómica y neuronal, emana el originario potencial de nuestra biodiversidad. Cada genoma es único. Compartimos los humanos el 99.06 del genoma, pero ese escaso 04. % equivale también a millones de posibles combinaciones que dan lugar a la inmensa diversidad de individuos humanos, cada uno único, irrepetible, poseedor de una dotación genética exclusiva (con la única excepción de los gemelos homocigóticos idénticos). Y esto, como es lógico, hace replantear la pregunta, ahora aplicada a la individualidad humana: ¿Cómo una diferencia tan pequeña nos puede distinguir? ¿Qué nos hace ser «personas»? La analogía más frecuentemente invocada en este punto es la relativa al lenguaje genético y el lenguaje humano en general. Éste no cuenta más que con 26 letras pero con ellas se construye un número infinito de discursos, cada uno singular. También los genes constituyen un lenguaje, sólo que un lenguaje bioquímico de cuatro letras y veinte aminoácidos por medio del cual se «escri ben» tantos textos como personas hay en el mundo, pasado presente futuro. Hablar de «infinitud» tratándose de la bio-diversidad humana no es mera retórica.
En su propio desarrollo, por lo demás, la genómica encuentra que las variaciones individuales más significativas son las que corresponden a cambios en un solo nucleótido, a los llamados SNPs (single-nucleotide polymorphisms, por sus signos en inglés, comúnmente conocidos como «snips»). Y son precisamente estas variaciones las que confieren individualidad al coincidir con las características singulares que explican predisposiciones y resistencias a enfermedades y también a rasgos caracterológicos de las personas. Identificar los SNPs se convierte, ciertamente, en tarea básica de la Medicina genómica.
Pero también se descubre que los SNPs no se distribuyen azarosamente en el genoma sino que se agrupan en conjuntos o bloques («Haplotipos»), determinados por la geografía, la historia, la cultura de las diversas poblaciones humanas. LA elaboración de un «mapa de Haplotipos», correspondiente a las distintas regiones del planeta, proporciona entonces una extraordinaria información tanto para la Medicina como para el conocimiento de la evolución humana y sus migraciones poblacionales, de su devenir bio-histórico debido a los factores genéticos de cambio, como son las mutaciones, la deriva genética, el flujo genético y la selección natural.
Resulta así que la bio-diversidad genética humana no es entonces solamente la que existe entre los distintos individuos sino la que se produce entre distintos grupos poblacionales.
Y es cuestión ética primordial, preguntarse aquí si esta diversidad corresponde a diferencias «raciales » entre los hombres, en el sentido racista del término, con toda la carga nefasta que éste conlleva a nivel social, político, moral. Y la respuesta es al respecto tajante: las diferencia genéticas no justifican ningún racismo precisamente por el hecho incontrovertible de la fundamental igualdad entre los hombres, la unidad genética radical de todos los miembros de la especie humana. La propia genómica, como lo destaca en especial uno de las figuras más relevantes de la genética poblacional, que es Luigi L. Cavalli Sforza, representa un rotundo e irreversible mentís al racismo.
Y no obstante, en la práctica sobre todo, surge también, como es previsible, la amenaza de nuevas tendencias a la segregación y estigmatización. Pues en la medida en que se afirma la existencia —crucial para la Medicina— de diferencias étnicas o poblacionales, éstas —por ignorancia o por otro tipo de intereses y sesgos morales— son motivo de nuevas formas discriminatorias que ahondan la brecha social. Peligro que justamente buscan conjurar algunas notables Declaraciones de la UNESCO, así como los considerables esfuerzos del Bioderecho y los múltiples códigos de Ética y Bioética.

II. Biologia y biografia.—«Bíos» en griego (de donde provienen bio-diversidad, Bio-logía, Bioética) se distingue en la Grecia clásica de «Zoé»: la vida natural o animal en general. Bíos, en cambio, se refiere a la vida específicamente humana, la cual no es sino una realidad originalmente compleja y unitaria que lleva en sí fundidas la vida natural y la cultural. Vida biológico-cultural, como un todo integral.
En este sentido, la bio-diversidad humana no es, entonces, mera diversidad natural o «zoológica ». Es biodiversidad «bio-gráfica» por así decirlo. Pues, como es evidente, no solamente nuestro genoma nos individualiza; lo hace primordialmente nuestra biografía, la nueva grafía o narración, la escritura que se va trazando en el decurso individual de cada existencia, que se va conformando, ciertamente «sobre» y «desde» el texto genético. Es esta «grafía» moral y cultural la que va educando y «formando» al individuo en su relación con el mundo, la que, en definitiva otorga a cada vida humana un «rostro» y un sentido. Se trata, para seguir con la metáfora, de dos textos que se entretejen y fusionan, el genético y el biográfico, para dar lugar a la persona humana. La individualidad del animal humano no es, en efecto, la del espécimen de la especie, sino la de la persona en estricto.
Dicho de otro modo: la individualidad humana es individuación, acción que construye la individualidad, proceso transformador y creador. Es en efecto, un hecho cultural, no un mero producto de la selección natural. Es un fenómeno ético, resultado de la acción consciente, autónoma y creativa de los seres humanos; es producto, en suma, de la acción literalmente «sobre-natural» que representa la cultura, edificada desde la dotación biológica, contando con ella.
En su sentido originario, indiviso, bíos («vida humana»), invalida implícitamente las concepciones dualistas que han prevalecido en la tradición, como dualismo entre cuerpo y alma, entre extensión y pensamiento, entre naturaleza y espíritu.
Pero también invalida los monismos y reduccionismos que soslayan el prodigio de la trascendencia cultural y moral de la vida humana, la aparente paradoja de ir más allá de la naturaleza, dentro de la propia naturaleza, en este mundo (espacio temporal), y no fuera de él (no como trascendencia metafísica, o religiosa, sino como trascendencia moral, socio-histórica, cultural). Un objetivo esencial de la Bioética filosófica es, a nuestro juicio, el del reconocimiento de esta trascendencia, es decir, la recuperación de la dimensión libre, espiritual y cultural del hombre, proyectándose más allá de todo monismo materialista o naturalista, superando al mismo tiempo las concepciones dualistas. Visto desde otro ángulo: la biodiversidad humana no se agota en la biodiversidad natural del genoma. La naturaleza deja al hombre, por así decirlo, «a mitad del camino». La cultura (nurture), la bio-grafía, la educación continúa la tarea y va completando creadoramente el proyecto natural, en este caso, de diversificación existencial. La cultura no rompe con la natura, o más bien es y no es ruptura con la Biología. La deja atrás y al mismo tiempo la incorpora introduciendo novedades en el ser. Hecho en apariencia contradictorio, del que buscan dar razón categorías filosóficas y científicas como las de «superación» (Aufheben hegeliana) o «emergencia». La biografía hunde sus raíces en el cuerpo, al mismo tiempo que se eleva o «alza» por encima de él.
El ser humano no tiene «precio», tiene «dignidad » —enseña Kant—. Y la dignidad, valor de los valores, se cifra, como se sabe, en el hecho de que cada individuo humano porta en sí mismo a la humanidad, porta su condición de un ser intransferible, fin en sí mismo, no medio, o instrumento; poseedor en sí de autonomía, de valor intrínseco; de dignidad, en efecto, no de precio o mercancía. La dignidad humana —como ya enseñaba también Pico de la Mirandolla, radica en la condición libre del hombre, en su poder de darse a sí mismo su propio rostro y destino. Precisamente, por ser libre y responsable de su ser, el hombre tiene dignidad y todo hombre ha de ser tratado en efecto, como portador de la humanidad y no como objeto o cosa.
El hombre es Proteo, el símbolo mítico de la diversidad humana. El dios que tiene el poder de cambiar de rostro, de no ser siempre idéntico, sino adoptar formas variadas de existencia. Proteo es el hombre. Nada más contrario a su naturaleza, entonces, que la uniformidad de la vida, signo de deshumanización. Y signo deplorablemente visible en la sociedad actual, misma en la cual, Proteo estar en «agonía». Proteo agoniza en la sociedad uniformada, en una globalización que borra las diferencias, que pretende desvanecer la biodiversidad moral y cultural.
Proteo agoniza en «la sociedad de los poetas muertos». En una sociedad tejida en redes y medios de comunicación que resultan, paradójicamente, medios de masificación. Se da así el absurdo de un exceso de comunicaciones y la disolución de la verdadera vinculación interhumana; de comunicaciones que no comunican en sentido estricto ni generan verdadera comunidad. Y más generalmente aún, se hace patente esa notable contradicción de nuestro tiempo por la cual se produce, por un lado, el reconocimiento de la biodiversidad, de la pluralidad, del multiculturalismo y, con todo ello, la afirmación de la democracia y del valor de la tolerancia como auténtico respeto a las diferencias. Y por el otro, lo opuesto, tanto en la uniformidad, como en los riesgos de la globalización. Ésta, en particular, sólo puede ser racional o humanamente válida, si incor pora la multiculturalidad y la diversidad en general, si concilia la unidad y la pluralidad.
La biodiversidad humana es, asimismo, diversidad de «contextos» o situaciones vitales. La individuación misma es incomprensible sin la relación de cada ser humano con su mundo, un mundo a su vez siempre único y distinto, resultado de esa asombrosa conjunción de los incontables factores que configuran cada situación. Cada vida humana es, ciertamente, irrepetible. Por eso,para producir otro Mozart necesitaríamos no sólo su genoma, sino el útero de su madre, las lecciones de música de su padre, a su hermana Nannerl, a sus amigos y a los de él, al estado de la música en Austria en el siglo XVIII, el generoso apoyo de Haydn, la interacción con su alumno, el joven Beethoven, la devoción (y la modestia) de su esposa Constanze, el patronato del emperador Joseph II, la competencia de Salieri como compositor de la corte, y así en círculos cada vez más amplios. Concedemos que sin su genoma único, el resto no hubiera sido suficiente, después de todo, sólo hubo un Mozart. Pero no podemos hacer la inferencia opuesta: que su genoma cultivado en otro mundo y en otro tiempo, resultaría en un genio musical creativo igual. (L. Eisenberg).

III. Individuo y comunidad biodiversidad y comunicación.—Existe una implicación recíproca del individuo y la comunidad. Pero hay dos modalidades distintas en que se produce esta implicación. Hay dos formas de ser «yo», correlativas a dos formas de «sociedad». Ésta puede ser un mero colectivo uniformado (masa) constituida por pseudo individuos, inconexos e incomunicados, volcado cada uno hacia su interés particular. O puede ser, por el contrario, genuina comunidad (verdadera polis) conformada por personas autónomas, individualizadas y a la vez comunicadas, capaces de conjugar el bien particular con el bien común. Esto implica la plena realización ética de la biodiversidad humana. Ahí donde se encuentran los dos valores magnos: la libertad y la solidaridad, la libertad y la justicia. Por eso la Ética puede concebirse en la forma en que lo hace Paul Ricoeur: «Llamemos “intencionalidad ética” a la intencionalidad de la “vida buena” con y para otro en Instituciones justas».

Véase: Discriminación y salud, Genoma humano, Razas y racismo, Ser humano.

Bibliografía: RICOEUR, P.; Sí mismo como otro, Siglo XXI editores, 2006; EISENBERG, L.; «Would Cloned Humans Really Be Like Sheep?», The New England Journal of Medicine, volume 340 (6), págs. 471 y ss.; NICOL, E.; La agonía de Proteo, UNAM, México, 1981; CAVALLI SFORZA, L. L.; The History and Geography of Human Genome, Princeton U:P, 1994; CAVALLI SFORZA, L. L.: Genes, Pueblos y Lenguas (1994 Y 97), trad. Ed. Crítica.


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