ENCICLOPEDIA de BIODERECHO y BIOÉTICA

Carlos María Romeo Casabona (Director)

Cátedra de Derecho y Genoma Humano

filosofía de la ciencia (Técnico)

Autor: ANDONIIBARRA UNZUETA

I. El contexto del surgimiento de la Filosofía de la Ciencia.—La Filosofía actual de la Ciencia utiliza unos conceptos y métodos y dispone de un cuerpo de resultados acerca de la ciencia que se identifican generalmente con la orientación analítica de la Filosofía. De hecho, en el periodo de su consolidación, la Filosofía de la Ciencia se identificó con el análisis del lenguaje científico. Sin embargo, en tanto que disciplina específica de la Filosofía, los orígenes de la Filosofía de la Ciencia a lo largo del primer tercio del siglo XX fueron mucho más plurales en sus expresiones: junto a la corriente empirista lógica (grupos de Viena —Neurath, Carnap, Hahn,…— y Berlín —Reichenbach, Hempel, …—), coexistieron en aquella época de germinación de la disciplina otras orientaciones como la fenomenológica (Husserl), la neokantiana (Cassirer), o la Epistemología francesa (Bachelard y algo más tarde Canguilhem y Koyré) con las que polemizó la primera, e incluso otras orientaciones simplemente ignoradas por las corrientes principales, como la del polaco Ludwik Fleck, cuya imagen más social de la ciencia sólo será objeto de interés a partir de la década de los setenta.
Con todo, las contribuciones de la Filosofía al estudio y comprensión del conocimiento científico, en cuanto conocimiento demostrado, son anteriores a su eclosión como disciplina: el canon metodológico de Aristóteles, la construcción de una imagen deductiva (Descartes) o inductiva (Bacon) de la ciencia, el reto escéptico planteado por Hume o los intentos de unificación del conocimiento científico realizados por los enciclopedistas franceses constituyeron a lo largo de la historia una agenda de problemas epistemológicos que, si bien no orientada exclusivamente en la vertiente científica del conocimiento, sí motivó en los albores del s. XIX el interés filosófico, esta vez sí, centrado en la ciencia —y singularmente en la justificación del conocimiento que ella provee— en filósofos como Kant, Comte o J. S. Mill.
La aparición de las geometrías no euclidianas, la destranscendentalización del esquematismo kantiano por von Helmholtz y otros fisiólogos y científicos naturales, así como el proyecto de Russell y Whitehead de acometer la reconstrucción lógica de la matemática que inmunizara a ésta del peligro de las paradojas conjuntistas son algunos de los elementos que, en la segunda parte del siglo XIX, determinan los grandes retos a los que debe hacer frente una imagen de la ciencia renovada sobre bases convencionales bien justificadas y, por ello, consciente de su carácter no apodíctico y absoluto. Como resultado, entre los siglos XIX y XX, Peirce, Russell, Poincaré, Duhem y, sobre todo, Mach —todos ellos científicos con interés epistemológico— instituyen un programa de reconstrucción de la imagen de la ciencia en el que comenzaban a cuestionarse tres de las ideas básicas de la concepción tradicional de la misma, a saber: (i) que los enunciados científicos pueden ser confirmados por la experiencia de manera directa y singularizada, (ii) que es posible distinguir netamente entre el ámbito empírico —aquello de lo que la ciencia habla— y el ámbito teórico —aquello de lo que la ciencia se vale para hablar del mundo—, y que (iii) la ciencia progresa por acumulación de conocimientos.

II. Las cuestiones de la Filosofía de la Ciencia en el siglo XX.—En una gran medida la eclosión de la Filosofía de la Ciencia en la década de los veinte —en torno a la primera cátedra instituida con ese nombre en Viena y ocupada por Moritz Schlick— y su consolidación, en lo que podríamos denominar el periodo clásico o estándar de la Filosofía de la Ciencia —en gran parte desarrollado en los EE.UU. por la emigración política de los filósofos de Viena y Berlín con el triunfo del nazismo—, a partir de finales de la década de los treinta hasta bien entrados los ochenta, se debe a que es la corriente empirista lógica (de los círculos de Viena y Berlín, fundamentalmente) la que orienta y tematiza la agenda de problemas que sitúa los retos (i)-(iii) en el eje de la reflexión filosófica sobre la ciencia.
En esa agenda se aborda, en primer lugar, la tarea de elucidar conceptualmente las unidades epistémicas de la ciencia: qué son y para qué sirven los conceptos, las leyes y las teorías de la ciencia. En ellos se plantean problemas como, por ejemplo, ¿cómo representa la ciencia el mundo mediante determinados tipos de conceptos, como los conceptos métricos (o magnitudes) que son meros constructos matemáticos? O el problema acerca de la caracterización de la necesidad atribuida a las leyes. Las leyes científicas parecen requerir de alguna necesidad, pero ¿de qué tipo? Los partidarios de la concepción de la regularidad hacen economía de la necesidad física, reduciéndola, por ejemplo, a la mera independencia estadística: necesidad = incondicionalidad = invariancia bajo condicionalización = independencia estadística. Los partidarios de los enfoques necesitaristas, por el contrario, incorporan fuertes compromisos ontológicos expresados en la semántica de mundos posibles, de géneros naturales, etc., acerca de la necesidad nómica. Si la función principal de las leyes científicas es la de dar soporte para la realización de explicaciones y predicciones científicas, ¿en qué consisten éstas? ¿obedecen la explicación y la predicción a la misma «lógica» de funcionamiento? ¿cómo se relacionan las leyes y las observaciones en esa lógica de las explicaciones? Y, puesto que las observaciones desempeñan una función tan relevante en una práctica empírica como la científica, ¿son epistémicamente primarias? ¿Cómo se relacionan en la experimentación las observaciones con las leyes y las teorías? ¿existen los experimentos cruciales? ¿en qué sentido puede plantearse una lógica del descubrimiento científico?
La tarea de dar respuesta a las cuestiones centrales (i)-(iii) está lejos de haber concluido durante el periodo estándar de la Filosofía de la Ciencia y las cuestiones permanecen abiertas. En relación a (i), la cuestión de la justificación se traduce en el problema de la justificación y evaluación de leyes y teorías a partir de determinadas instancias confirmadoras. Los problemas que se plantean en esta cuestión tienen que ver con el problema general de la contrastación en la ciencia y, más específicamente, con el problema aún abierto de la inducción y su justificación. En relación a (ii), la propuesta inicial de considerar la estructura de las teorías científicas como una estructura de doble nivel — teórico y observacional, en la que esta última identificaba el componente empírico de la teoría— pronto se vio cuestionada por las críticas de Hanson al fenomenalismo, por la tesis de Kuhn de la percepción dirigida o por la crítica de Feyerabend a la pretendida existencia de un lenguaje observacional neutro. A ellas habría que mencionar también las dificultades identificadas por Quine en la fijación de una distinción absoluta entre el componente analítico y el sintético de una teoría. En relación a (iii), desde Kuhn al menos, se ha distinguido entre dos tipos de cambio científico: el producido como resultado de la evolución de una teoría a lo largo del tiempo —por acumulación de conocimientos, si se quiere—, y el producido como resultado de la sustitución o desalojo de una teoría por otra, un cambio interteórico, revolucionario —no explicable por mera acumulación de conocimiento—.

III. Topología de enfoques.—El reto de la construcción de una agenda común de problemas que, en el momento de su constitución como disciplina otorgara identidad y autonomía a la Filosofía de la Ciencia, ha dado paso en las últimas dos o tres décadas a una pluralidad de agendas y enfoques. En la exposición de este devenir se sigue habitualmente un criterio histórico, a partir del ya mencionado periodo clásico o estándar (es el seguido, por ejemplo, en la exposición introductoria de Chalmers o en la más avanzada de Díez/Moulines, ambas referidas en la bibliografía). Esta óptica, sin embargo, diluye los trasfondos problemáticos que originan la aparición de los diversos enfoques, restándoles plausibilidad. De ahí que se proponga aquí una articulación en torno a tres enfoques problemáticos: el enfoque reconstructivo lógico, el enfoque histórico y el enfoque cognitivo. La característica común del enfoque reconstructivo lógico (en sus diversas versiones: estructuralismo de Sneed, Moulines, etc, constructivismo empirista de van Fraassen, realismo estructural, etc.) es que, aunque ya no compartan con la concepción estándar del periodo clásico la tarea de garantizar una fundamentación de tipo lógico y epistemológico para la ciencia, sino que preferentemente pretenden describir la ciencia realmente existente y su funcionamiento efectivo, comparten, sin embargo, con aquella concepción el interés primordial por la clarificación de la estructura de la ciencia y de sus unidades epistémicas. El enfoque histórico (sostenido en su fase inicial por Kuhn, Lakatos, Laudan, etc), en cambio, privilegia los aspectos relacionados con la actividad científica y su descripción. Los enfoques cognitivos de filósofos como Giere, Thagard y otros toman como punto de partida para el estudio filosófico de la ciencia la idea de que los seres humanos en general generan representaciones internas del medio, modelos cognitivos, esquemas, etc. En este enfoque, la «mente» de la ciencia no es —como sostenía Rorty— el espejo de la naturaleza, sino un complejo de representaciones construido en múltiples procesos de elaboración de representaciones e interpretación.

IV. Los nuevos retos.—Tradicionalmente la Filosofía de la Ciencia se ha orientado en una dirección normativa en la consideración de los problemas metodológicos, epistemológicos y filosóficos en el estudio de la ciencia, que tenía como finalidad la justificación y legitimación de esta última. Los nuevos enfoques presentados en el epígrafe anterior han modificado esa perspectiva. Más aún, de manera progresiva se está perfilando otra perspectiva, de carácter pragmático y social, que tiende a favorecer una imagen más contextual de la ciencia. Una imagen que, por ejemplo, hace difícil la comprensión cabal del desarrollo teórico a la luz de principios metodológicos universales y que apela a la formulación de principios fuertemente situados, contextuales y relativos al entorno de producción del conocimiento. Ello tiene profundas consecuencias no sólo para la formulación de las nuevas cuestiones de principio: por ejemplo, ¿cuál es el enfoque adecuado para una comprensión de la ciencia que incorpore a ella su aspecto socio-cognitivo, comenzando por los aspectos sociales relevantes para la producción de creencias y conocimientos científicos? También tiene consecuencias para la autonomía de la disciplina de la Filosofía de la Ciencia y su relación con ámbitos de la investigación empírica sobre la ciencia como son los etiquetados bajo la rúbrica general de «Estudios sobre la Ciencia» (Science Studies) en sus diversas orientaciones: estudios históricos, sociales, culturales, feministas,… de la ciencia. La imagen del científico resultante de esta reorientación de principio del nuevo siglo se aleja progresivamente de la del heroico buscador incansable de la verdad para aproximarse a la imagen más humana del buscador que guía su actividad por la consecución de determinados objetivos, como por ejemplo el logro de la autoridad, entendida ésta como la capacidad socialmente reconocida del científico para actuar legítimamente en asuntos de competencia científica. Una actividad que la Filosofía de la Ciencia está ahora en condiciones de someter a evaluación crítica y no sólo de justificar y legitimar.

Véase: Tecnociencia, Difusión de la ciencia.

Bibliografía: BIAGIOLI, Mario (ed.), The Science Studies Reader, Londres, Routledge 1999; CHALMERS, Alan F., ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? Madrid, Siglo XXI, 1993; DÍEZ, José A. / MOULINES, C. Ulises, Fundamentos de Filosofía de la Ciencia, Barcelona, Ariel, 2008; IBARRA, Andoni / OLIVÉ, León (eds.), Cuestiones éticas de la ciencia y la tecnología en el siglo XXI, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003.


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