ENCICLOPEDIA de BIODERECHO y BIOÉTICA

Carlos María Romeo Casabona (Director)

Cátedra de Derecho y Genoma Humano

desarrollo sostenible (Jurídico)

Autor: RAMÓNMARTÍN MATEO

I. La toma de conciencia sobre los límites del crecimiento.—Las relaciones entre economía y protección del medio, que han tenido anticipadores geniales, sólo recientemente merecieron un tratamiento científico, todavía circunscrito, relacionando las causas inmediatas del deterioro ambiental con la búsqueda de beneficios por parte de los expoliadores de los sistemas naturales. Los recursos del Cosmos se agotan progresivamente y más evidente aún que los de nuestro Planeta va disminuyendo, y que mucho antes de su total exhaustividad, carecerán de utilidad, biológica y económica a la vez.
Esta elemental constatación ha sido escamoteada durante siglos por planteamientos metafísicos que concebían un mundo antropocéntrico, que asignaba al hombre origen divino y un apoderamiento de esta índole para disfrutar de la naturaleza puesta a su disposición.
Ya desde 1798 el maltusianismo se planteó las relaciones entre crecimiento y disponibilidades de recursos, bien que en el caso testigo de los alimentos, estas hipótesis a medio plazo, no resultaron probadas, pero a partir de entonces, la ciencia económica quedaba abierta a esta problemática, recibida por los economistas clásicos que hicieron hincapié rigurosamente en la limitación de los recursos, abriendo paso a la teoría del crecimiento estacionario, que sustenta el moderno enfoque del desarrollo sostenible. Más adelante, aun sin aludirse directamente a la problemática aquí tratada, se previó que la ciencia económica futura se situaría detrás de otros valores jerárquicamente superiores.
La tesis de los límites del crecimiento volvió en 1991 al primer plano de la atención científica económica, con trascendencia a todos los medios intelectuales e incluso al gran público, como consecuencia de los trabajos adoptados por el Club de Roma. Esta organización informal, hoy prácticamente extinguida, llamó la atención en los años setenta sobre estas circunstancias, y el catastrófico deterioro resultante de los recursos ambientales, lo que suscitó reacciones airadas por parte de algunos economistas convencionales, que coincidieron prácticamente también con los obedientes a credos ultraterrenos, en la asignación de ilimitadas potencialidades a la creatividad humana. Los precursores, prácticamente contemporáneos de la inquietud ambiental, no se equivocaron en el diagnóstico general, pero sí en las previsiones concretas, extraídas de ingenuos modelos matemáticos alimentados de series de datos y de estimaciones de información, soportados más en la subjetividad que en el rigor.
De hecho el sistema económico mundial no sólo no se ha derrumbado en las fechas previstas, sino que ha crecido desde entonces espectacularmente, proceso que puede durar algunos centurias más o quizás milenios, pero las bases del razonamiento lógico no sehan desmontado, si no cambian las reglas de juego económicas el desenlace será catastrófico. La solución sólo puede darse si el cambio se produce en dos dimensiones: la organización social y la innovación científica. Ambas afectan intrínsecamente al funcionamiento de la economía cuyo tratamiento teórico propone, precisamente, de manera prioritaria, la racional asignación de recursos escasos.
No parece que podamos prosperar indefinidamente por la senda del desarrollismo irrestricto. Los diversos subsistemas terráqueos tienen límites cuya fijación precisa es ardua, problemática, pero sobre los que, en grandes magnitudes, podemos coincidir.

II. Dos parámetros fundamentales: globalidad, solidaridad.—La ciencia económica moderna ya ha asumido el principio de la universalidad del marco de las relaciones actuales, aunque está lejos aún de descubrir las condiciones necesarias para su efectividad, ya que no se trata de extrapolar las condiciones que regían para los mercaderes venecianos y para los tenderos de las ciudades barrocas burguesas.
El riesgo nada artificial por cierto del actual cuadro económico, es su defectuosa mundialización, que se resiente por un lado del exceso de nacionalismo proteccionista y por defecto de la ausencia total de regulación de que se disfruta en los paraísos fiscales, cuyas sedes más significativas, no casualmente, se asientan en las islas que servían de base a los filibusteros del Caribe, también entonces protegidos por la Corona Británica.
2.1. La interrelación de los sistemas naturales.— Los investigadores de las Ciencias de la Naturaleza, han constatado, que efectivamente la Tierra es un cuerpo astral con positivas características para la aparición de la vida, y su posterior evolución, lo que se debe en primer lugar a la favorable posición de nuestro Planeta, en relación con el Sol su nutricia fuente de energía, lo suficientemente próximo y lejano a su envoltura gaseosa, lo que ha determinado, la biosfera, que evidentemente es única, interrelacionada y olímpicamente ajena a jurisdicciones nacionales y celosas soberanías.
La preservación de las condiciones pro vitales de la biosfera, exigen actuar sobre las fuentes locales, que pueden originar su alteración, lo que nos obliga a considerar redes progresivamente complejas de sistemas naturales interrelacionados, como pueden ser los que supone el ciclo del agua global que incluye los cursos subterráneos y superficiales y sus alteraciones, y su transcendencia para las aguas marinas costeras y los grandes complejos oceánicos. La situación de los mares viene a su vez condicionada por actividades humanas que aparentemente nada tienen que ver con ello: la agricultura, la industria de la madera, o la conducción de automóviles, ahora bien el calentamiento de las aguas marinas por estas causas influye en la situación de los casquetes polares, en el régimen de precipitaciones, si bien los mares pueden suponer el único alivio valido para estas alteraciones antrópicas, diluyendo el carbono y trasladándolo vía cadena trófica a las profundidades marinas.
Todo esto que aun para los cultivadores de ciencias más complejas, como son las sociales, resulta evidente, no lo es para los dirigentes actuales de la sociedad y aun en el supuesto que lo fuera tampoco influiría en sus designios.
No obstante recordemos que como consecuencia de los avances espectaculares de los conocimientos en ciencias naturales, sabemos que la dinámica inerte de la biosfera se complementa con la aportada par los sistemas animados, produciéndose interacciones importantísimas que se remontan a la propia creación de las condiciones actuales, lo que fue debido prontamente a la aportación de oxígeno por una nueva expansión de bacterias, que cambiaria las condiciones anaeróbicas precedentes.
2.2. El imperativo de la solidaridad.—El correlato de la globalidad deducida par las ciencias de la naturaleza para el sistema Tierra, es el que se postula desde las ciencias sociales en cuanto a las redistribuciones de los beneficios y carga que el Planeta depara para sus habitantes, en lo que afecta a sus actuales pobladores y sobre todo para las generaciones venideras.
La implacable lógica de las cifras nos alienta sobre la inviabilidad del mantenimiento de las actuales condiciones al menos en cuanto a la nivelación de las que afectan a ciudadanos de distintas circunscripciones políticas nacionales.
La consecuencia no puede radicar en línea con el más puro inhibicionismo, en la confianza de que a la larga, milenios por medio, quizás espontáneamente converjan las actuales diferencias en renta y bienestar. Los más desafortunados ni querrán ni podrán esperar. Dejados a su albur, contingentes no desdeñables de grupos nacionales que hoy han acometido su desarrollo saldrán adelante, pero esto puede que no sea asimilable par los sistemas naturales básicos. Algo habrá que hacer aunque no se sabe bien qué y sobre todo cómo.
La solidaridad es un condicionante derivado no ya sólo de elementales consideraciones morales: los que tienen más deberían repartir con los que tienen menos, sino de exigencias crudamente materialistas si no conseguimos un desarrollo sostenible para ciertos países menos prósperos en los que hoy se albergan los grandes sumideros de gases invernadero, y las más importantes reservas de biodiversidad, el conjunto natural planetaria se resentirá.
Debe reconocerse que todo esto no afectara de momento a los miembros de las actuales generaciones. No hay previsibles guerras del agua y las del petróleo se harán esperar, pero nuestros descendientes se verán en dificultades progresivas para asimilar el legado ambiental y los riesgos sociales que parecen les trasmitiremos. Hay un gran reto en cuanto a la respuesta social universal al desorden global introducido en los sistemas naturales.

III. Una propuesta de síntesis: el desarrollo sostenible.—Los postulados de la economía y de la ecología no son necesariamente contrapuestos, cabe su integración armoniosa, con base a lo que ha sido calificado como desarrollo sostenible, que reconoce la necesidad de auspiciar el avance económico de los países menos avanzados aprovechando los progresos tecnológicos de las naciones industrializadas, siempre y cuando no se traspasen determinados umbrales de calidad ambiental.
La sostenibilidad es a la vez un presupuesto intrínseco para el desarrollo de los países pobres ya que es impensable que puedan salir de tal condición si deterioran sus recursos: agua, suelo, bosques. La contaminación es en sí un despilfarro y por tanto a medio y largo plazo resta riqueza. Estas consideraciones son válidas también para las sociedades avanzadas, que podrán crecer más, económica y ecológicamente a la vez, generando combustibles limpios y equipos descontaminadores, e incrementando la productividad sobre la base de tecnologías limpias.
Sus antecedente se concretan con el denominado Informe Brundtland, llamado así por haber sido formulado precisamente por una Comisión de Juristas presidida por la que luego sería Presidenta de Noruega.
La Comunidad Económica Europea ya había anticipado su preocupación por el logro de esta simbiosis, por lo que se señalan en la Declaración del Consejo de Europa de 1985. El Cuarto Programa de Acción 1987-1992 recoge la proposición de la vinculación de la dimensión ambiental con las políticas que se proponen crear las condiciones necesarias para un crecimiento económico sostenido. El Acta Única incluye además, como objetivo de la acción de la Comunidad, conservar, proteger y mejorar la calidad del medio ambiente y la garantía de una utilización prudente y racional de los recursos naturales.
El Tratado de la Unión adiciona una significativa novedad al asignar a la Comunidad la misión de promover «un crecimiento sostenible y no inflacionista que respete el medio ambiente» lo que refleja la opinión de los jefes de Estado y/o de Gobierno que en reuniones precedentes se habían pronunciado en el sentido de que «el crecimiento sostenido debe ser uno de los objetivos de todas las políticas comunitarias».
El denominado V Programa, rubricado precisamente Hacia un desarrollo sostenible, entiende por tal: «Una política y una estrategia de desarrollo económico y social continuo que no vaya en detrimento del medio ambiente ni de los recursos naturales de cuya calidad depende la continuidad de la actividad y del desarrollo de los seres humanos».
Como precedentes inmediatos debe citarse la Carta Mundial de la Naturaleza adoptada en 1982 por la Asamblea General de las Naciones Unidas precedida por la de Nairobi en mayo del mismo año y de las deliberaciones de la Comisión Mundial de las Naciones Unidas sobre el Ambiente y Desarrollo durante el periodo 1984-1987, que se plasmaron en el informe denominado Nuestro futuro común, llamado Informe Brundtland, nombre de la presidenta de la Comisión. Casi simultáneamente el PNUMA produjo, en 1987, el documento denominado Perspectivas ambientales para el año 2000 y siguientes. Por iniciativa de ciertos gobiernos y fundaciones se estableció en Ginebra un Centro para Nuestro Futuro Común, que ayudó a la organización de la Cumbre de Río y celebró en 1990 una importante reunión en Vancouver, pero que parece haber perdido impulso.
Según la Comisión Brundtland: «El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades».
Ni el azar ni la utilización de los mecanismos ordinariamente operantes para racionalizar decisiones relacionado con la satisfacción de las necesidades humanas, suministran pautas satisfactorias para contrastar nuestras conductas con los imperativos ambientales a medio o largo plazo. Es pues la sociedad organizada, la que a través de sus representantes legítimos deberá introducir los mecanismos de corrección necesarios. El Derecho que no es una fuente inmanente de decisiones sino un cauce de expresión de la voluntad general, constituye una destacada alternativa a esta situación.

Véase: Biopiratería, Biotecnología.

Bibliografía: JIMENEZ HERRERO, L.M.: desarrollo sostenible y Economía Ecológica, Síntesis, Madrid, 1996; MARTÍN MATEO, Nuevos Instrumentos para la tutela ambiental, Estudios Trivium, 1994; MARTÍN MATEO, Tratado de Derecho Ambiental, 3 vols., Trivium, Madrid, 1991; PIÑAR MAÑAS, J.L (dir), desarrollo sostenible y protección del medio ambiente, Civitas, 2002.


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